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voz con otro,
también militar a lo que podía colegirse por su traje. Éste,
que caminaba
a pie delante de su interlocutor, llevando en la mano un
farolillo,
parecía seguirle de guía por entre aquel laberinto de calles
oscuras,
enmarañadas y revueltas.
-Con verdad -decía el jinete a su acompañante-, que si el
alojamiento
que se nos prepara es tal y como me lo pintas, casi, casi sería
preferible
arrancharnos en el campo o en medio de una plaza.
-¿Y qué queréis, mi capitán -contestole el guía, que
efectivamente
era un sargento aposentador-; en el alcázar no cabe ya un grano
de trigo,
cuanto más un hombre; de San Juan de los Reyes no digamos,
porque hay
celda de fraile en la que duermen quince húsares. El convento
adonde voy a
conduciros no era mal local, pero hará cosa de tres o cuatro
días nos cayó
aquí como de las nubes una de las columnas volantes que
recorren la
provincia, y gracias que hemos podido conseguir que se
amontonen por los
claustros y dejen libre la iglesia.
-En fin -exclamó el oficial después de un corto silencio y
como
resignándose con el extraño alojamiento que la casualidad le
deparaba-,
más vale incómodo que ninguno. De todas maneras, si llueve, que
no será
difícil según se agrupan las nubes, estamos a cubierto, y algo
es algo.
Interrumpida la conversación en este punto, los jinetes
precedidos
del guía, siguieron en silencio el camino adelante hasta llegar
a una
plazuela, en cuyo fondo se destacaba la negra silueta del
convento con su
torre morisca, su campanario de espadaña, su cúpula ojival y
sus tejados
de crestas desiguales y oscuras.
-He aquí vuestro alojamiento -exclamó el aposentador al
divisarle y
dirigiéndose al capitán, que, después que hubo mandado hacer
alto a la
tropa, echó pie a tierra, tomó el farolillo de manos del guía y
se dirigió
hacia el punto que éste le señalaba.
Como quiera que la iglesia del convento estaba
completamente
desmantelada, los soldados que ocupaban el resto del edificio
habían
creído que las puertas le eran ya poco menos que inútiles, y un
tablero
hoy, otro mañana, habían ido arrancándolas pedazo a pedazo para
hacer
hogueras con que calentarse por las noches.
Nuestro joven oficial no tuvo, pues, que torcer llaves ni
descorrer
cerrojos para penetrar en el interior del templo.
A la luz del farolillo, cuya dudosa claridad se perdía
entre las
espesas sombras de las naves y dibujaba con gigantescas
proporciones sobre
el muro la fantástica sombra del sargento aposentador que iba
precediéndole, recorrió la iglesia de arriba abajo y escudriñó
una por una
todas sus desiertas capillas, hasta que una vez hecho cargo del
local,
mandó echar pie a tierra a su gente, y, hombres y caballos
revueltos, fue
acomodándola como mejor pudo.
Según dejamos dicho, la iglesia estaba completamente
desmantelada, en
el altar mayor pendían aún de las altas cornisas los rotos
girones del
velo con que lo habían cubierto los religiosos al abandonar
aquel recinto;
diseminados por las naves veíanse algunos retablos adosados al
muro, sin
imágenes en las hornacinas; en el coro se dibujaban con un
ribete de luz
los extraños perfiles de la oscura sillería de alerce; en el
pavimento,
destrozado en varios puntos, distinguíanse aún anchas losas
sepulcrales
llenas de timbres; escudos y largas inscripciones góticas; y
allá a lo
lejos, en el fondo de las silenciosas capillas y a la largo del
crucero,
se destacaban confusamente entre la oscuridad, semejantes a
blancos e
inmóviles fantasmas, las estatuas de piedra que, unas tendidas,
otras de
hinojos sobre el mármol de sus tumbas, parecían ser los únicos
habitantes
del ruinoso edificio.
A cualquiera otro menos molido que el oficial de dragones;
el cual
traía una jornada de catorce leguas en el cuerpo, o menos
acostumbrado a
ver estos sacrilegios como la cosa más natural del mundo,
hubiéranle
bastado dos adarmes de imaginación para no pegar los ojos en
toda la noche
en aquel oscuro e imponente recinto, donde las blasfemias de
los soldados
que se quejaban en alta voz del improvisado cuartel, el
metálico golpe de
sus espuelas que resonaban sobre las anchas losas sepulcrales
del
pavimento, el ruido de los caballos que piafaban impacientes,
cabeceando y
haciendo sonar las cadenas con que estaban sujetos a los
pilares, formaban
un rumor extraño y temeroso que se dilataba por todo el ámbito
de la
iglesia y se reproducía cada vez más confuso, repetido de eco
en eco en
sus altas bóvedas.
Pero nuestro héroe, aunque joven, estaba ya tan
familiarizado con
estas peripecias de la vida de campaña, que apenas hubo
acomodado a su
gente, mandó colocar un saco de forraje al pie de la grada del
presbiterio, y arrebujándose como mejor pudo en su capote y
echando la
cabeza en el escalón, a los cinco minutos roncaba con más
tranquilidad que
el mismo rey José en su palacio de Madrid.
Los soldados, haciéndose almohadas de las monturas,
imitaron su
ejemplo, y poca a poco fue apagándose el murmullo de sus voces.
A la media hora sólo se oían los ahogados gemidos del aire
que
entraba por las rotas vidrieras de las ojivas del templo, el
atolondrado
revolotear de las aves nocturnas que tenían sus nidos en el
dosel de
piedra de las esculturas de los muros, y el alternado rumor de
los pasos
del vigilante que se paseaba, envuelto en los anchos pliegues
de su capote
a lo largo del pórtico.
II
En la época a que se remonta la relación de esta historia,
tan
verídica como extraordinaria, lo mismo que al presente, para
los que no
sabían apreciar los tesoros del arte que encierran sus muros,
la ciudad de
Toledo no era más que un poblachón destartalado, antiguo,
ruinoso e
insufrible.
Los oficiales del ejército francés, que, a juzgar por los
actos de
vandalismo con que dejaron en ella triste y perdurable memoria
de su
ocupación, de todo tenían menos de artistas o arqueólogos, no
hay para que
decir que se fastidiaban soberanamente en la vetusta ciudad de
los
Césares.
En esta situación de ánimo, la más insignificante novedad
que viniese
a romper la monótona quietud de aquellos días eternos e
iguales, era
acogida con avidez entre los ociosos: así es que la promoción
al grado
inmediato de uno de sus camaradas; la noticia del movimiento
estratégico
de una columna volante, la salida de un correo de gabinete o la
llegada de
una fuerza cualquiera a la ciudad, convertíanse en tema fecundo
de
conversación y objeto de toda clase de comentarios, hasta tanto
que otro
incidente venía a sustituirlo, sirviendo de base a nuevas
quejas, críticas
y suposiciones.
Como era de esperar, entre los oficiales que; según tenían
de
costumbre, acudieron al día siguiente a tomar el sol y a
charlar un rato
en el Zocodover, no se hizo platillo de otra cosa que la
llegada de los
dragones, cuyo jefe dejamos en el anterior capítulo durmiendo a
pierna
suelta y descansando de las fatigas de su viaje. Cerca de una
hora hacía
que la conversación giraba alrededor de este asunto, y ya
comenzaba a
interpretarse de diversos modos la ausencia del recién venido,
a quien uno
de los presentes, antiguo compañero suyo de colegio, había
citado para el
Zocodover, cuando en una de las bocacalles de la plaza apareció
al fin
nuestro bizarro capitán despojado de su ancho capotón de
guerra, luciendo
un gran casco de metal con penacho de plumas blancas, una
casaca azul
turquí con vueltas rojas y un magnífico mandoble con vaina de
acero, que
resonaba arrastrándose al compás de sus marciales pasos y del
golpe seco y
agudo de sus espuelas de oro.
Apenas le vio su camarada, salió a su encuentro para
saludarle, y con
él se adelantaron casi todos los que a la sazón se encontraban
en el
corrillo, en quienes habían despertado la curiosidad y la gana
de
conocerle los pormenores que ya habían oído referir acerca de
su carácter
original y extraño.
Después de los estrechos abrazos de costumbre y de las
exclamaciones,
plácemes y preguntas de rigor en estas entrevistas; después de [ Pobierz caÅ‚ość w formacie PDF ]

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